2.4.13

Las fugas del papa


Después de un rato mirando la foto, caí en la cuenta de que los curas que acompañan al papa lo están vigilando, algo para lo que tenían razones suficientes. La imagen se tomó al día siguiente de que fuera elegido. El jesuita antes más conocido como Bergoglio se disponía a hacer algo extraordinario: la gestión mundana de pagar la cuenta antes de irse. Había estado durmiendo en el Centro Internacional del Clero, cerca de Piazza Navona, y debía un dinero, a 60 euros la noche, desayuno incluido. En aquellas circunstancias, vestido de blanco después del final del cónclave, el empeño en la normalidad sólo podía tratarse de una estratagema.

Hay que sospechar de la naturalidad. Hace unos años, cuando las copas de una boda, vi de lejos a uno de mis amigos entretenido charlando mucho con mis padres. Muy recto, gesto muy atento. Preguntas, algún cuento, repreguntas detalladas. Una compostura ejemplar de la que mis padres, también muy atentos, finalmente pudieron escabullirse. "Cómo iba tu amigo, eh", me dijeron a la mañana siguiente.

En la imagen, los curas del fondo también cuchichean mientras el papa simula saldar sus cuentas como si nada. También Camps vivió muchos días convencido de que pagaba sus trajes. Eso es a veces lo que se encuentra uno al final del poder, esa ilusión de normalidad, la rutina como método para dar esquinazo a la corte que vigila. A ratos todavía se piensa que hay vuelta atrás. Se acaba, como es sabido, en la costumbre de romper el protocolo, de manera protocolaria. Pagar la cuenta. Avisar al quiosquero de que cancele la suscripción al diario. Apagar luces innecesarias. Cuidados pasos de un plan de fuga. Y un grupo de curas cuchicheando al fondo.

8.3.13

Un editor y Carrère

Cuando Patrick de Saint-Exupéry, al que había conocido como corresponsal del Figaro en Moscú, me habló de una revista de reportajes cuyo lanzamiento preparaba y me preguntó si tendría un tema para el primer número, respondí sin pensarlo: Limónov. Patrick me miró con los ojos como platos: "Limónov es un malhechor". Dije: "No lo sé, habría que ver".
Bien zanjó Patrick, sin pedir más explicaciones, pues ve a ver.
(Limónov, Emmanuel Carrère)

22.1.13

Libertad de prensa, Moscú, 1928

—¿Cómo se ejerce en Rusia la censura de Prensa? —he preguntado en Moscú a un periodista.
—Aquí no se ejerce la previa censura —me ha contestado—. Los periódicos publican todo aquello que sus redactores jefes creen que debe publicarse.
Cuando ha visto que yo me sonreía, mi interlocutor se ha apresurado a aclarar:
—Claro es que los redactores jefes de los periódicos creen que sólo puede publicarse aquello que conviene al Gobierno. No crea usted que nos preocupa la necesidad de dar libertad a la Prensa; no. El periódico está absolutamente en manos del Gobierno de Moscú, y así debe ser. El cargo de redactor jefe de un periódico es un cargo político que se otorga sólo a personas de confianza del Gobierno, absolutamente identificadas con su política; el periodista es un funcionario más de la maquinaria administrativa.
(La vuelta a Europa en avión, Manuel Chaves Nogales, Libros del Asteroide)

16.1.13

Mis libros de 2012

De lo que leí en 2012, me gustó especialmente encontrarme con estos libros:

1. HHhH, de Laurent Binet (Seix Barral).
2. Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón (Seix Barral).
3. Plomo en los bolsillos, de Ander Izagirre (Libros del KO).
4. Némesis, de Philip Roth (Mondadori).
5. A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide).

4.1.13

Una mujer que pasa

La primera vez que supe de ella, la novia de Lángara era para mí un espectro que vagaba en soledad por las calles de Oviedo. Atrapada para siempre en la etiqueta de aquel novio suyo, estrella del fútbol, máximo goleador de la Liga las tres temporadas anteriores a la guerra civil, momento en que ya dejaron de estar juntos. Eso supe de ella la primera vez. Una mujer que durante décadas se movió por Oviedo arropada por un rastro de susurros: “La novia de Lángara, la novia de Lángara...”.

Después supe más. Que se llamaba Nieves, por ejemplo; que ya ha muerto. Que confeccionaba camisas en un pequeño taller en casa, hasta que las tiendas comenzaron a recibirlas ya hechas. Que proveía de chicas de servicio a algunas casas de la ciudad.

Estas ocupaciones de diario quedan ya fuera del alcance de un espectro, claro. Así que la novia de Lángara, Nieves, en mi mente camina ahora más despacio. Cada vez que encuentro algo más sobre ella parece un poco más cerca de detenerse. Desvelar es eso: detener un espectro que pasa. Poder verle la cara.

22.11.12

La mudez del futbolista, por ejemplo

El verdadero secreto que hay detrás de la genialidad de los deportistas de élite, por tanto, puede ser tan esotérico y obvio y tedioso y profundo como el mismo silencio. La respuesta verdadera y cubierta de muchos velos a la pregunta de qué es lo que le pasa por la mente a un gran jugador mientras está en el centro de una multitud hostil y orienta la dirección del tiro libre que va a decidir el partido podría muy ser muy bien: nada de nada.
(...)
Es posible que los espectadores, que no gozamos de un don divino para el deporte, seamos los únicos capaces de ver, articular y animar la experiencia de ese don que nos está negado. Y que aquellos que reciben y ejecutan el don de la genialidad atlética deban por fuerza ser ciegos y mudos acerca del mismo: y no porque la ceguera y el mutismo sean el precio que pagar por el don, sino porque son su esencia.
(Cómo Tracy Austin me rompió el corrazón, en Hablemos de langostas, David Foster Wallace)

1.10.12

"Si quieres, te lo hago y me dices"

La dramatización de Cesc en la roja a Medel y sus explicaciones de luego constituyen en realidad un incomprendido esfuerzo del barcelonista de acercar al tipo de a pie una verdad asumida como inalcanzable. Se trata de algo que frustra a muchos deportistas de alto nivel. «La gente no es consciente de lo que me ha costado», dicen. Como es lógico, lo que le pasa a la gente es que sólo podría ser consciente, o casi, habiendo recorrido la misma senda que el tipo que se queja. De otro modo resulta imposible salvar la distancia entre la hierba del Pizjuán y la barra del bar. De ahí el valor del gesto de Cesc: «Me pone la frente en la cara: es roja. Si quieres, te lo hago y me dices». Una oportunidad inigualable de ponerse en su piel.

En ABC

22.6.12

Algo de hace 10 años

En junio de 2002, sentado en un despacho de la Universidad de La Coruña, pensaba que no se podía estar más lejos del periodismo. Aquel mes de hace 10 años abrí este blog. Por entonces, todavía disfrutaba las columnas que aún publica Juan José Millás los viernes en El País. No parecía un mal trabajo. Copié uno de aquellos textos, conté las palabras, y así fue como comencé a escribir yo también los jueves por la noche la columna de Millás. En realidad, mi texto siempre iba un poco corto: fui incapaz de igualar a Millás en el primer intento, y mi medida se quedó en las 33 líneas de un documento de Word escrito con tipografía Georgia de 14 puntos.

Luego comenzaron a suceder cosas entretenidísimas. Unos cuantos que también habían abierto blogs le llamaron a lo suyo blogosfera, y escribían frecuentemente sobre ella, del mismo modo que cuando se encontraron Twitter lo usaban principalmente para hablar sobre Twitter. Cuando hubieron escrito lo suficiente sobre lo que se podía escribir, el dinero público se dio por enterado y comenzaron a brotar congresos a los que se invitaban mutuamente los expertos locales de la cosa. Superada (no inmediatamente) la intriga de si alguna vez se vería un blog en la web de un periódico, cuentan que en muchos de esos congresos se debatió a lo largo de los años si un blog era o no periodismo. Los que no pudieron asistir a ninguno de aquellas pendencias intelectuales, se preguntan ahora en público si Twitter no será una tontería, algo que nunca se les ha oído de los papeles blancos cortados en tamaño DIN A4.

Entre otras muchas cosas, he pensado todo esto al recordar que hace 10 años que abrí este blog, cuando me sentía tan lejos del periodismo. Me ha importado bastante poco. Sólo lamento lo que he dejado de escribir aquí, las fechas que he dejado solo Millás, a quien ya casi nunca leo.

5.4.12

Un ABC chiste de Mingote


El último chiste lo dibujó Mingote, ya muerto, no en el diario que lo despedía, sino sobre la propia redacción que compuso ese ejemplar. En el archivo de ABC se buscaban el martes viñetas de Mingote que acompañaran bien a las informaciones del día de su muerte, un día al azar, que es cuando se muere la gente de a pie que no aspira a engordar efemérides. Había para cualquiera.

Enseguida se extendió la incómoda convicción de que Mingote, en efecto, lo había dibujado ya todo, algo que había circulado muchas veces antes como chascarrillo. También la inversa: en realidad lo que pasa es que ya todo ha sucedido, y se ha contado. No sólo eso, sino que un solo hombre, quizá un genio, sí, se había bastado para reírse de ello. El gran reidor.

Mingote se iba y la construcción de su despedida dibujaba una de esas escaleras suyas que no iban a parte alguna, que es donde esa búsqueda de la sorpresa que son los diarios se desvanece cuando la sorpresa ya resulta imposible. La propia redacción era, sin percatarse, la broma del día en que el cajetín habitual de su vieñeta se publicó vacío.

Ya advirtió Mingote que él de donde sacaba los chistes era de los periódicos.

27.2.12

Para qué sirve un periódico

Estos días de aparentemente inexorable cierre de periódicos he recordado esto que escribió Vladimir Dimitrijevic en su colección de textos sobre fútbol "La vida es un balón redondo":
Pocos días después de mi llegada a Suiza, en Granges, como refugiado, padecí el primer gran dolor del desarraigo: Yugoslavia jugaba en Belgrado contra Inglaterra, y yo no estaba allí. En el equipo de Yugoslavia jugaba Milos Milutinovic, un jugador soberbiamente dotado, un pura sangre de nacimiento. Yo le había visto despuntar, y había asistido a la disputa que había enfrentado a nuestros dos grandes clubes a causa de él. Él anhelaba jugar en el Estrella Roja, pero el Partizán, como era el club del ejército, se llevó el gato al agua. 
Él jugaba, y yo estaba en Granges, ciudad de lengua alemana. Yo conocía apenas diez palabras en alemán. Había allí una sirvienta que sabía desenvolverse en inglés y que se compadeció de aquel muchacho completamente solo, en aquel hotel, desamparado, esperando lo que su suerte pudiera depararle. Ella me tradujo la columnilla consagrada al partido Yugoslavia-Inglaterra. Yugoslavia había ganado por 4 a 0 y Milos Milutinovic había hecho un partido memorable. Yo estaba entusiasmado y exasperado. 
El grupo de mis amigos, de las personas que conocía, con las que había vivido, ya no estaba allí. Fue entonces, al caminar por las calles de Granges, durante el crepúsculo de aquel día, cuando tuve la sensación de que jamás regresaría a mi casa.

24.1.12

Lucas

Las primeras horas de Lucas transcurrieron bajo una errata, tal vez la única posible a esas alturas de su vida. Y no pasó nada. Quiero decir que fueron sin duda sus primeras horas, pese a que el cartel que dejó en la cabecera de su cuna alguien que pasó por allí sin identificarse aseguraba que había nacido el 11 de enero de 2011. Exactamente un año antes, lo que significaba, entre otras cosas, que Lucas no debería estar allí.

Pero lo que en realidad pasa es que produce cierta fascinación ponerse estupendo con las erratas, como si significaran algo aparte de que generalmente somos idiotas. Como si, pese a los manoteos de Lucas en la cuna, hiciera falta explicar que la diferencia entre el cartel y la realidad no es un año, sino unos milímetros de tinta azul. Pero existe toda una industria en torno a esos trazos agigantados.

En la tercera planta del registro civil de la calle Pradillo, tienen una sección de "Errores". La corrección de algunos exige sentencia judicial. De ahí la insistencia del funcionario calígrafo en que el ciudadano compruebe lo que acaba de escribir. Por lo que pueda pasar (al ciudadano) una vez abandone la sala. Los errores suceden en menos de un segundo, y a veces se emplea una vida en acomodarlos.

Pese al cartel, Lucas abandonó aquella cuna con bastante paz. Con la perfecta cara de haber nacido el 11 de enero de 2012. Airoso después de su primer encontronazo con lo kafkiano.

1.12.11

Una historia de fútbol y frío

Salvo las de los sábados, el bar de la ciudad deportiva del Getafe está cerrado por las mañanas. Es un bar como de piscina de pueblo de verano, con sus sillas de plásticos en la terraza, sus mesas apilables y una barbacoa que los fines de semana reparte panceta. La casita levantada al lado de los campos de fútbol, también tiene aparcado contra una pared una réplica del coche fantástico para niños que consiguen una moneda de los padres. Pese a que ayer por la mañana el bar estaba cerrado, el coche mantenía en marcha su reclamo, el tiruriru sintonía de la serie.

La cantinela se arrancaba sola por sorpresa, y los pocos que rondaban los entrenamientos del primer equipo y del filial se miraban intentando adivinar quién se sacaría el móvil del bolsillo. Hasta que reparaban en el cochecito de la entrada, y lo olvidaban hasta la siguiente sorpresa. Refugiados al sol de la helada y sus sombras.

El frío no parece afectar a un rumano con pinta de albañil (vaqueros desgastados, fino jersey de grecas desteñidas, manos ásperas, musculosas, gigantes) que se baja de un coche blanco acompañado de un chico sudamericano de pelo esculpido en cresta que mira al suelo y se aprieta bajo un abrigo negro.

–¿Dónde están oficinas? –pregunta el rumano con ese acento que si se exagera suena ya a ruso.
–Las oficinas están ahí arriba, en el estadio –le dicen.
–¿Cuándo entrena Contra? –Contra es Cosmin Contra, ex jugador rumano del Alavés, el Milán, el Atlético de Madrid, el Getafe.Y ahora entrenador del equipo juvenil del Getafe.
–No sé.
–Pero entrena aquí Contra, ¿no? –insiste, todo el tiempo con una tarjeta de visita en la mano derecha.
–Sí, pero no sé cuándo. Mejor pregunte arriba en las oficinas.
–¿Allí me dicen cuándo viene Contra?
–Ellos saben, sí.

El rumano se da la vuelta hacia el coche blanco del que se han bajado, seguido del chico. Me dicen que vienen muchos, y pienso en bonitos sueños de fútbol e imagino algo que está a punto de sucederles. Pero aún no sé suficiente.

–Michael, Michael –grita el cochecito de niños, mientras el del rumano trepa por la cuesta hacia el estadio.

25.11.11

Y es que el amo, como todos los hombres desconfiados, aun sin saberlo, teme más a las palabras que a las cosas.
(La noche feroz, Ricardo Menéndez Salmón)

18.11.11

El lugar del periodismo

Este involuntario diagnóstico de Unai Emery, entrenador de fútbol, del Valencia, sobre el lugar del periodismo. En la última respuesta de una entrevista, cuando Cayetano Ros, el periodista, le pregunta cómo ha afectado la crisis a su entorno:

"Tengo un hermano en el paro, otro mileurista y otro periodista", dice.

1.7.11

El arrullo del diario

En la playa también he estado mirando qué hace con los periódicos la gente que los compra. Una observación breve, por otra parte. Básicamente, los leen. Sin efecto aparente.

A quien más recuerdo es a una mujer de unos setenta con gafas blancas y el pelo recubierto de rubio. Empezó el periódico por la portada, fue pasando páginas, y calculo que no había alcanzado la mitad cuando se quedó dormida, con el artefacto despanzurrado cubriéndole el pecho, el vientre y los brazos. Quedaba a la vista un rostro de evidente placidez. El periódico como arrullo de lectores, tal vez su única función verdadera. En el transcurrir de sus letras y en el posarse levemente sus páginas sobre su sueño.

La mujer despertó unos minutos después. Y ya no se retiró el papel, ni el rostro, mientras hablaba con su presunto esposo incorporada sobre un costado. Hasta que se levantaron a ejecutar su paseo y ya no los vi más.

20.5.11

Lo de Sol

También pasé ayer por la puerta del Sol. Desde que salí de casa fui anotando algunas cosas, de las que sólo recuerdo parte.

Recuerdo, por ejemplo, que leí un periódico mientras desayunaba y que pensé lo que llevaba días pensando, que algún día todo el mundo se dará cuenta de lo que los periodistas deberíamos estar haciendo y no hacemos. Decía en ese diario uno de sus responsables que la protesta de Sol no es como mayo del 68, ni como la plaza Tahrir. Por mucho que quisieran, no había nada heroico a lo que merecieran compararse. Decía ese diario lo que he leído y oído mucho estos días. Les dicen a los de la plaza que lo que sea que creen que están haciendo lo están haciendo mal. No son maneras. Ni es el momento. Quizá si lo hubieran hecho antes... Pero ya es tarde. Se lo dicen como si los de la plaza les estuvieran escuchando. Y sobre todo sin casi haber intentado entender qué es eso que creen que están haciendo.

Es cierto que resulta complicado saberlo. De hecho, ellos mismos, que no siempre son los mismos, estaban esta mañana intentando descifrarlo, sentados en el suelo, pasándose un megáfono. Pero es que como muchos han dicho estos días, eso no son maneras: Si se va a montar un follón así, se sale con las cosas pensadas de casa. A ver, ¿dónde están sus propuestas? Ah, ¿que no lleva varita mágica? Pues circule, que para eso ya estamos nosotros.

Coinciden mucho estos días políticos y periodistas, algo cuando menos ligeramente sonrojante para nosotros. Les han intentado explicar a los de la plaza, tan confusos, qué es lo que realmente quieren y contra quién lo quieren. También han intentado explicarles mucho qué es lo que deben hacer. Como quien trata con ofuscados medio tontos: Mirad, pensáis que vais contra nosotros, pero estáis equivocados, en realidad nosotros estamos aquí para ayudaros, que quizá no lo habéis entendido bien del todo.

Así pasan los días, con muchos periodistas pensando que son los que protestan quienes tienen que entender, en lugar de sus lectores, espectadores, oyentes. Con casi todos los políticos convencidos de lo mismo. Ambos en la misma ilusión de que esos que protestan, y muchos otros, solo les escuchan a ellos. Instalados en la ceguera que les impide ver que los que protestan, y muchos otros, se escuchan cada vez más entre sí. Y cada vez les prestan menos atención a ellos y sus coreografías.

Cuando llegué a Sol, había unas doscientas personas alrededor de un grupito con micrófono. Algunos sentados, otros rodeando de pie a los sentados. Pero lo más interesante sucedía en las orillas de eso. Ahí se cruzaban personas de todo tipo y edad. Desconocidos que hablaban, discutían, se escuchaban con interés, y seguían su camino. O se quedaban a escuchar a los del micrófono.

A esa hora de la mañana, antes de que llegaran a Sol los que van allí después de salir de trabajar, se ve mucha menos gente que en las atestadas fotografías nocturnas. Esa hora de la mañana es a la que deberían aferrarse los que alertan sobre la infiltración de grupos acostumbrados a la okupación. Los que tenían el micrófono, decían de qué había que hablar y daban quitaban la palabra se parecían mucho a los que recordamos más de las fotos de okupas. También los que han organizado grupos que manejan la comida, la comunicación y la limpieza.

Los que avisan estos días seguro que recuerdan que los romanos ya se habían dado cuenta entonces de la importancia de controlar las cañerías. Y ya se sabe quién maneja ahora la basura.

9.5.11

Miedo al fútbol

El libre directo de Gazza contra el Arsenal, en una semifinal de Copa disputada en Wembley, fue simplemente asombroso: uno de los goles más sencillamente magistrales que he visto en la vida..., si bien sigo deseando de todo corazón no haberlo visto: ojalá no lo hubiese marcado. A decir verdad, durante todo el mes que precedió al partido casi llegué a rezar para que Gascoigne no jugase, y así se subraya la especificidad del fútbol en el mundo del espectáculo: ¿quién pagaría una entrada de las más caras para ir al teatro, con la esperanza de que la estrella estuviera indispuesta ese día?
(Fiebre en las gradas, Nick Hornby)

4.5.11

El héroe oficinista

Parece que es una serie, pero no. He escrito sobre otro maratoniano:
Cuando el funcionario Yuki Kawauchi llegó el lunes 28 de febrero al instituto de Kasukabe (50 kilómetros al norte de Tokio) donde trabaja como administrativo, sus compañeros le recibieron con aplausos. Y los alumnos estaban muy contentos. Y había un grupo de periodistas esperándolo. Y él estaba muy cansado: «Había dormido muy poco», dice. (seguir leyendo en ABC)

20.4.11

A ciegas tras la liebre

El otro día escribí esto con ayuda de Marc, que, además de liebre de la carrera, lo fue de la propia historia:
El domingo pasado, cuando a las siete le sonó el despertador en Rotterdam, Alessandra Aguilar, 32 años, no sabía que esa mañana iba a intentar batir el récord de España de maratón. Tampoco cuatro horas después, cuando echó a correr. Ni durante más de la mitad de la carrera. «Yo no quería arriesgar —dice Aguilar—; es una prueba larga y quería salir con tranquilidad». Pero Marc Roig, 27 años, su liebre principal contratada para el día, tenía otra idea. (leer todo en ABC)

31.1.11

Apante

También echamos de vez en cuando tardes contando que le gusta que pinten con ella, y que le llenen el cuaderno con una casa, el sol, la luna, un pez, un elefante. Y que luego le dibujen una mariposa en cada mano. Que le gusta que le hagan dos moñitos con gomas de colores. Que prefiere unos zapatos azul brillante a todos los demás. Y que a veces, justo antes de salir a la calle, se para, regresa a su cuarto, abre un cajón, coge su gorro blanco y pide que se lo pongan.

Luego, otra tarde en cualquier otro sitio, veo un elefante: "Apante", me oigo, que es como le dice Claudia. Y me noto sonriendo. Alcanza más allá de sí misma. Sostenida quizá por los repetidos recuentos de pequeñeces. Como si el recién llegado fuera cogiendo cuerpo con la acumulación de historias suyas que otros recuerdan. Del mismo modo que la muerte llega sólo con el último bocado de olvido. Apante.